El Misterio Impresionante de la Reconciliación

Hebreos

El Misterio Impresionante de la Reconciliación

April 17th, 1981 @ 8:15 AM

Hebreos 9:24-28

EL MISTERIO IMPRESIONANTE DE LA RECONCILIACIÓN Dr. W. A. Criswell Hebreos 9:24-28 4-17-81  8:15 a.m.   Os habla el pastor de la Primera Iglesia Bautista de Dallas, con el mensaje titulado El Misterio Impresionante De La Reconciliación. Esta presentación teológica de la muerte de nuestro Señor...
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EL MISTERIO IMPRESIONANTE DE LA RECONCILIACIÓN

Dr. W. A. Criswell

Hebreos 9:24-28

4-17-81  8:15 a.m.

 

Os habla el pastor de la Primera Iglesia Bautista de Dallas, con el mensaje titulado El Misterio Impresionante De La Reconciliación. Esta presentación teológica de la muerte de nuestro Señor y nuestra salvación en Él, siempre se ha presentado de filosóficamente, en términos teológicos, y no en relación con nuestras vidas. ¿Cómo me afecta? ¿De qué manera la gracia expiatoria de nuestro Señor llega hacia mí?

Como texto base citaremos el capítulo 9 de Hebreos, comenzando en el versículo 24 hasta el final del capítulo, Hebreos 9:24:

 

Porque no entró Cristo en el santuario hecho por los hombres, figura del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora por nosotros ante Dios. Y no entró para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena.  De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los tiempos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado.  Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que lo esperan.

[Hebreos 9:24-28]

Comenzamos nuestro mensaje con un hecho universal que nos afecta a todos y al que todos somos sensibles, que es el juicio moral de Dios sobre el pecado, la transgresión, el mal. No hay ninguna tribu, no hay raza, no hay pueblo tan degradado que no sea moralmente sensible. Eso habla de la imagen de Dios. Algunos animales son muy astutos, son muy inteligentes, algunos de ellos son mucho más talentosos en ciertas áreas de la vida que nosotros, pero no hay ningún animal que sea moralmente sensible, excepto el hombre. Esa es la imagen de Dios en nosotros: conocemos el bien y el mal, como Dios.

Ahora, en esta sensibilidad moral todos hemos tenido el aguijón,  el juicio, la reprensión, la culpa y el sentido del mal en nuestras vidas. En el capítulo 6 del Apocalipsis se describe gráficamente. En la visión, el apóstol ve el cielo desplegado como un libro, todo monte y toda isla se mueven de su lugar, y los reyes de la tierra, los grandes hombres, los ricos, los capitanes, los fuertes y todo siervo, todo esclavo, todo libre se esconden en las cuevas y entre las peñas de los montes, diciendo a las rocas y a las montañas: “Caed sobre nosotros y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero, porque el gran día de su ira ha llegado y ¿quién podrá sostenerse en pie?” [Apocalipsis 6:14-17].

¿Qué se hace en presencia del Dios Todopoderoso, que es santo, justo y puro? ¿Qué se hace en presencia de Dios, si vuestra vida está llena de mal, de pecado, de rebelión, de depravación moral? ¿Cómo nos mantenemos? Bueno, ellos pidieron a las rocas y a las montañas que cayeran sobre ellos. Pero, ¿pueden las rocas y las montañas escondernos de la presencia y el juicio de Dios? Ese es uno de los aspectos y facetas más inusuales de la vida humana para poder observar, que podamos ver.

Nuestros primeros padres, Adán y Eva cuando se rebelaron, tomaron conciencia de su desnudez, de su vergüenza, por lo que cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales para cubrir su desnudez. Bueno, ¿por qué no lo consiguieron? Después de haber cosido las hojas de higuera y hacerse delantales, aún así se escondieron y se avergonzaban y temían. Cuando Dios vino, como era su costumbre, a visitar al hombre y a la mujer que Él había hecho para la comunión personal, no podía encontrarlos. Pero, ¿cuál es el problema? ¿No pueden las hojas de higuera ocultar su vergüenza? [Génesis 3:7-10] ¿Por qué tienen miedo? ¿Y por qué se esconden?

En la tremenda – para mí el mayor drama que se ha escrito – la tremenda historia de Macbeth, de Shakespeare, que a instigación de su esposa mata a su huésped Duncan, rey de Escocia. Cuando él aparece en presencia de Lady Macbeth, con la sangre del corazón del rey en sus manos, después de haberle clavado una daga, Lady Macbeth dice a su marido, el barón de Escocia: “Ve a lavarte esto de tus manos, un poco de agua nos limpiará de esta obra”.  Macbeth va a la fuente del palacio a lavarse las manos y, mientras él mira la sangre en sus manos y llora: “¿Lavará el gran océano de Neptuno esta sangre de mi mano? No, antes bien, mi mano enrojecerá los multitudinarios mares, convertirá el verde en rojo”. ¿Qué pasa? ¿No puede el agua lavar la sangre de las manos? ¿Cuál es el problema? El juicio, el sentido del mal, de culpa, la condena moral.

También hay en este mundo otro tremendo hecho, ley, provisión universal; es sobre la redención, el rescate. En el capítulo 25 del libro de Levítico, hay una condición en la ley para el rescate, por parte de un pariente, de las posesiones de un hermano pobre. Él lo ha perdido, sea como fuere – por inversiones tontas, o infracciones extrañas, o francamente por derrochar – ha perdido lo que tenía. Y en la ley levítica, en el capítulo 25, hay una condición hecha para que un pariente rescate para su pobre hermano lo que este ha perdido. En ese mismo capítulo 25 del libro de Levítico, hay una condición hecha para la redención, para el rescate del hombre mismo. Si se vendió a sí mismo por deudas, o por cualquier causa que lo haya sumido en la necesidad, hay un arreglo en la ley para su redención, para su rescate.

Ahora, esa ley universal se ve en todas partes: la posibilidad de la redención, del rescate, para volver a comprar lo que hemos perdido. Me quedé sorprendido, no imagináis cuán asombrado estaba estudiando esta palabra en la Biblia, en el pasaje de Romanos 5:11 se traduce como “reconciliación”, viene de la palabra katallasso o katallage, la forma sustantiva.

En el pasaje leemos: “Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”… Siendo reconciliados llegaremos al cielo porque Él resucitó y está allí para recibirnos [Romanos 6:10]. Luego el continúa con la palabra traducida como reconciliación: ” por quien hemos recibido ahora la reconciliación”; katallassokatallage, la forma sustantiva. Continuemos:

Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación: Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.

[2 Corintios 5:18-20]

Ahora, la cosa más asombrosa que recuerdo haber descubierto, nunca supe que estaba allí, fue esa palabra katallasso, traducida como “reconciliar “, ese término katallassooriginalmente significaba “intercambiar”, como el dinero, como intercambiar cualquier otra cosa, cambiar, dar esto por aquello. Pero finalmente, pasó a significar “reconciliación”, ya que se estaba intercambiando enemistad por amistad, ira por amor y perdón. La palabra original, traducida aquí como “reconciliación “, significa intercambiar como el dinero, esto por aquello. Ahora, cuando se aplica a Cristo hay un intercambio, un intercambio literal hecho por todos nosotros los pecadores en el rescate, la obra redentora de nuestro Señor.

Es una ley universal y vivimos en ella todos los días, es parte de nuestra experiencia diaria.

Al leer acerca de una guerra vemos que un bando captura a un capitán y otro bando captura a varios soldados rasos. Este bando dice: “Te cambio este capitán por diez soldados rasos”. Otro ejemplo: Un hombre tiene un hermoso diamante y este hermoso diamante podría pagar deudas por miles y miles de dólares, un solo diamante pagaría deudas por miles y miles de dólares. Este hombre rico podría pagar la deuda de miles y miles de hombres. Así es la vida, esa es la forma en que el universo se organiza.

Lo mismo se aplica a Cristo. Él, deidad, tan precioso y tan valioso, es capaz de pagar por las deudas de multitudes incontables de pecadores perdidos. Por eso Lucas escribe en Hechos 20:28: “… la cual él ganó por su propia sangre”. Y en Apocalipsis 5:09 cantan: “… y con tu sangre nos has redimido para Dios”. Pablo escribe en 1 Corintios 6: “…habéis sido comprados por precio” [versículos 19-20], y Simón Pedro escribirá en el primer capítulo de 1 Pedro: ” …pues ya sabéis que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (la cual recibisteis de vuestros padres) no con cosas corruptibles, como oro o plata,  sino con la sangre preciosa de Cristo”. Se ha hecho un intercambio. El Señor lo dijo de esta manera: “El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por muchos” [Marcos 10:45]. Él nos ha comprado. Ha pagado un precio por nosotros. Él nos ha redimido. Como cuando el dinero se intercambia por un esclavo, eso es lo que significa esa palabra, katallasso. Ha hecho un intercambio.

Hay otra ley universal en todas partes, vivimos en ella, bajo ella y por ella,  es la ley de la sustitución. Este puede ser sustituido por aquel. O este puede dar su vida en nombre de aquel, para que aquel pueda vivir. La ley de sustitución, digo, es tan universal como la ley de la sensibilidad moral, y vivimos en ella todos los días de nuestras vidas. Sustitución. En la Biblia, en el capítulo 22 del Génesis, cuando Abraham levanta su daga, un cuchillo, para clavarlo en el corazón de su único hijo Isaac, el ángel se lo impide: “Abraham, Abraham,” le llama desde el cielo, y el ángel le señala a un carnero trabado en un zarzal. En lugar de su hijo Isaac, Abraham ofrece un sacrificio, el carnero trabado en un zarzal; sustitución [Génesis 22:10-13].

Miremos de nuevo, en el capítulo 45 del libro del Génesis, José ha sido vendido a Egipto como esclavo. A medida que pasan los días, él llega cerca del Faraón y se convierte en primer ministro. Administra todo el gobierno de Egipto. Sus once hermanos son enviados por su padre en busca de alimentos. Entonces esta es la larga historia de José en el trono, a quien sus hermanos no reconocen, era un muchacho cuando lo vendieron y ahora gobierna Egipto. En la historia, finalmente José hace que los diez traigan a Benjamín, su propia sangre, su hermano completo, de Raquel, que ha muerto. José dice a sus hermanos: “Ahora todos podéis volver a casa, pero Benjamín tiene que quedarse aquí conmigo”. Y Judá, en el discurso más dramático leído en la Biblia, se presenta ante el primer ministro, que es José, pero él no lo sabe, e intercede por Benjamín, diciendo: ” ¿Cómo volveré yo a mi padre sin el joven?” [Génesis 44:34]. El versículo siguiente dice que José “se echó a llorar a gritos” [Génesis 45:1]. Se le rompió el corazón. “Llévame a mí “, dice Judá, “y haz un esclavo de mí. Haz lo que quieras conmigo, sustitúyeme, pero deja ir al joven” [Génesis 44:30-33].

La ley de la sustitución está en todas partes, en todo el sistema de sacrificios. Un hombre que había pecado puso las manos sobre la cabeza del animal, confesó su pecado ante Dios y el animal fue sacrificado y su sangre se derramó, una sustitución [Levitico 1:1-5]. En el capítulo 53 de Isaías: “Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros como ovejas erramos… mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” [Isaías 63:5-6]: sustitución. Está en todas partes.

Aquí hay un hombre que dice: “Cuando yo nací, el doctor le dijo al marido, al padre de este hombre: “No puedo salvar al bebé y a la esposa, la madre, al mismo tiempo. Puedo salvar solo a uno”. La madre lo oyó y le dijo a su marido: “Cariño, por favor, toma mi vida. Salva al bebé”. Esa es la sustitución. “Para que él pueda vivir, toma mi vida”. Esa es la gran doctrina de la obra expiatoria de Cristo. Recibe la pena y la sentencia de muerte por nosotros, y nosotros no nos enfrentamos a ella. La muerte para nosotros es un rapto, es la puerta abierta al cielo, es la derrota de todos los dolores, lágrimas y penas de esta vida y la apertura de nuestros ojos en la gloria del cielo. Él ha sacado el aguijón de la muerte y la victoria de la tumba por sustitución [1 Corintios 15:55-57].

Esa es la gran predicación del evangelio: Jesús no vino a este mundo como un filósofo griego para enseñarnos cosas de la mente, los hombres no salieron al desierto solo para ver a un profeta, el último y el más grande, Él no se puso como otros hombre a llamar a otros al conocimiento de Dios. Él vino a este mundo para morir en nuestro lugar, un sustituto para nosotros por la condena y el juicio sobre nuestros pecados. Es por eso que Él vino.

Ese es el kerygma, eso es el Evangelio, esa es la gran buena nueva que ellos predicaban en aquellos primeros tiempos del cristianismo. Juan el Bautista decía: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” [Juan 1:29]. El discípulo que Jesús amaba, que yacía sobre su pecho en la Cena del Señor expresó: “Él es la propiciación por nuestros pecados” [1 Juan 2:2]. Es la sangre que “nos limpia de todo pecado”. Pedro tropieza de mil maneras, pero no tropieza aquí: “En su cuerpo, en su propio ser, él llevó nuestros pecados en el madero”  [1 Pedro 2:24]]. El apóstol Pablo es grandioso cuando habla de la gracia redentora de nuestro Señor: “Aquel que me amó y se entregó por mí, en mi lugar” [Gálatas 2:20]. ¿No es eso el Apocalipsis? “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” [Romanos 1:5]. ¿No es eso el Evangelio? Jesús murió por mí, en mi lugar, a fin de que yo viva para Dios.

En conclusión, hay un corolario que inevitablemente, le sigue, siempre le sigue, y eso es parte de nuestra propia experiencia humana, de nuestra experiencia personal: ¿Cómo es que soy salvo? ¿Será toda la gloria para mí? “Lo hice. Miradme, lo logré. Lo compré, me lo he ganado, me lo merecía”. ¿Es esa la canción que cantamos? ¿Es ese el sentimiento de nuestros corazones? No. Cualquier hombre que alguna vez ha llegado a Cristo está lleno de esa alabanza,

De esa alegría abundante y maravillosa. Él lo hizo. La salvación es un don gratuito, y simplemente lo recibo. La gloria y la alabanza son para “Aquel que nos amó y se entregó por nosotros” [Efesios 5:2]. Ese es el culto cristiano. Esas son las canciones, esas son las palabras que decimos, las alabanzas que salen espontáneamente de nuestro corazón: “Jesús, digno, digno, bendito Jesús, Él lo hizo”. Cuando yo era demasiado débil, Él tenía fuerzas para levantarme. Cuando yo era demasiado pobre, Él pagó la deuda. Cuando estaba perdido, Él me encontró.

Señor nuestro, ¡qué maravilloso, maravilloso evangelio! ¡Qué esperanza preciosa y bendita! Toda nuestra vida fluye en alabanza y agradecimiento a Ti. Señor, danos una mayor capacidad para amarte, te amaremos. Danos un mayor don para cantar tus alabanzas, te cantaremos. Señor danos más fuerza para servirte, te serviremos. Y nuestro Maestro, danos el don de la fe, y creeremos en ti, confiaremos en ti, y daremos nuestra vida en alabanza a ti.