La Entrada de Nuestro Señor más Allá del Velo

Hebreos

La Entrada de Nuestro Señor más Allá del Velo

July 12th, 1981 @ 10:50 AM

Hebreos 9

LA ENTRADA DE NUESTRO SEÑOR MÁS ALLÁ DEL VELO Dr. W. A. Criswell Hebreos 9 7-12-81    10:50 a.m. Vayamos al capítulo nueve del libro de Hebreos y mantengámoslo abierto para el mensaje; Hebreos, capítulo 9. Hoy el sermón se titula La Entrada de Nuestro Señor Más...
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LA ENTRADA DE NUESTRO SEÑOR

MÁS ALLÁ DEL VELO

Dr. W. A. Criswell

Hebreos 9

7-12-81    10:50 a.m.

Vayamos al capítulo nueve del libro de Hebreos y mantengámoslo abierto para el mensaje; Hebreos, capítulo 9. Hoy el sermón se titula La Entrada de Nuestro Señor Más Allá Del Velo. En este capítulo del libro de Hebreos, se recoge un tema que se ha introducido en el capítulo 6, versículos 18 y 19. Habla de nuestro firme consuelo:

 

Para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho Sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.

[Hebreos 6:18-20]

Ahora, en el capítulo 9 del libro de Hebreos, se explaya largamente sobre la entrada del Señor en el velo. Los primeros diez versículos describen lo que él llama el santuario terrenal, kosmokos, el santuario terrenal.

El primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario kosmokos, un santuario terrenal construido según el patrón del que está en los cielos, nuestro santuario celestial y eterno. Este de aquí abajo en la tierra es como el de allá en el cielo.

El tabernáculo y los sacrificios Levíticos del Antiguo Testamento eran arquetipos, imágenes, figuras y esbozos de la obra expiatoria de nuestro Señor. Dios nos enseña en forma gráfica lo que se está preparando para nuestra salvación, y Él nos está enseñando la nomenclatura, el vocabulario de los cielos. Hablamos en términos de campo aquí abajo, frutas, negocios, inversiones, casas y hogares. Ese es nuestro idioma aquí.

El lenguaje de los cielos es la propiciación, la expiación, el altar, el sacrificio y la intercesión. Y Dios nos ha enseñado el significado de esas palabras en arquetipos y figuras, tal como les enseñamos a nuestros hijos. Le mostramos fotos y esas imágenes representan algo que enseñamos al niño, que tiene un nombre, y entonces, enseñamos al niño las palabras. Así hizo Dios con nosotros en el santuario kosmokos, en el tabernáculo aquí en esta tierra.

De esa manera nombra el tabernáculo. Hay una puerta en el patio y en el interior de la puerta está el altar de bronce del sacrificio, entonces más allá de la pila, la puerta al santuario, el Lugar Santo, al sur a la izquierda está el candelero de siete brazos de oro, a la derecha hacia el norte está la mesa de los panes. Directamente en frente y antes del velo está el altar de oro del incienso. A continuación, el tapiz en el medio y, detrás del velo, la presencia de Dios, el Arca de la Alianza, el propiciatorio y los querubines cuyas alas arqueadas miran hacia abajo sobre el propiciatorio de Dios [Hebreos 9:2-6].

Sin lugar a dudas, sin excepción, en el Antiguo Testamento, Dios está siempre representado como separado, como oculto. Nuestros pecados han hecho división entre nosotros y Dios [Isaías 59:2]. Él está en un lado del tapiz y nosotros estamos al otro lado. Solo una vez al año un hombre representativo, el sumo sacerdote, levantaba el velo y entraba en ese Sanctum Sanctorum con la sangre de la expiación [Hebreos 9:7].

Todas las fiestas y días santos de la nación judía eran felices. Eran días felices. Solo un día en el año, el código levítico exigía que afligieran sus almas, era el juicio de Dios sobre el pecado. Hoy a eso lo llaman Yom Kippur, el Día de la Expiación. Y ese día, el hombre representativo con la sangre se presentaba ante el Señor [Levitico 16:1-34].

La enseñanza de la Escritura en el tabernáculo es muy fiel a la realidad de Dios. Él se nos oculta. Él está al otro lado de la cortina. Nuestros pecados nos han separado de Él.

Isaías lo describió elocuentemente en el primer verso de su capítulo 59:

He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha endurecido su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios y vuestros pecados han hecho que oculte de vosotros su rostro para no oíros.

[Isaías 59:1-2]

 

En el Antiguo Testamento, Dios siempre es presentado como oculto, como algo separado, más allá del velo, al otro lado de la cortina. Pero al mismo tiempo hay una hermosa promesa visual y un esbozo pictórico, de una entrada, de un acceso hacia adentro.

¿Os dais cuenta de que la separación no es una pared de ladrillos? Ni siquiera está hecha de madera de cedro cubierta de oro puro, es un velo. Se trata de un tapiz. Es una cortina. Puede ser levantada. En ese tapiz hay tejidas figuras de querubines. Y, sin excepción, en cualquier parte de la Biblia donde aparecen querubines, son figuras y símbolos de la gracia, la misericordia de Dios y su perdón amoroso.

No solo fue la división entre Dios y el hombre pecador un tapiz, podía ser levantado, y una vez al año se levantaba, lo levantaba el sumo sacerdote para entrar, el hombre representativo [Hebreos 9:7]. Eso era un presagio, una señal, una promesa de que algún día una forma de acceso se manifestaría.

Así llega el autor del libro de Hebreos versículo 11 y habla del cumplimiento maravilloso y sorprendente de todas esas imágenes y arquetipos en Jesús, nuestro Señor. Él ha venido, nuestro hombre representativo, nuestro Sumo Sacerdote. Y en el tabernáculo, no hecho de manos, no en el cielo, más allá del velo, no con sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez y para siempre en ese Lugar Santísimo para obtener la redención eterna para nosotros [Hebreos 9:11-12].

Esta es la increíble historia de la venida de Dios, encarnado en este mundo [Hebreos 10:5-10]. Él está con nosotros a este lado del velo. Aunque Él es el Señor y Él es Dios, no permanece al otro lado del velo. Él está a este lado del velo con nosotros, en nuestro lugar, hombres y mujeres pecadores. Él está de pie con nosotros.

El sacrificio de nuestro Señor fue a este lado del velo. El altar estaba en el patio y, cuando el sacrificio por el pecado era hecho para Dios, el cuerpo se quemaba fuera de la puerta, fuera del campamento [Hebreos 13:12]. Así, nuestro Señor fue sacrificado a este lado del velo, donde estamos. Y Él padeció fuera de la puerta, fuera del campamento.

Entre Él y el Padre colgaba ese tapiz, oscuro y pesado. Él gritó: “Dios mío, Eli, ¿por qué, lama sabactani, me has abandonado?” [Mateo 27:46 ].  Y la luz del mundo se fue. El sol se negó a brillar [Mateo 27:45]: Cristo, nuestro hombre representativo, en el sacrificio a este lado del velo [Hebreos 9:11-14].

Entonces, la maravilla de la salvación en el capítulo 10, el próximo capítulo de Hebreos, versículo 20. En el sacrificio de nuestro Señor, hay un camino nuevo y vivo que Él nos abrió a fin de que podamos tener acceso a Dios, a través del velo, esto es, de su carne. Cuando el cuerpo de nuestro Señor fue roto, cuando se sacrificó al Señor, el velo se rasgó en dos. No fue de abajo hacia arriba como si un hombre lo hubiera rasgado, sino de arriba hacia abajo como si Dios lo hubiera hecho [Mateo 27:51].

Y en la carne desgarrada, en el cuerpo roto, en el sacrificio de nuestro Señor, el velo entre nosotros y Dios se rasgó en dos. Si hubiera sido simplemente levantado, podría haber caído de nuevo. Pero siendo rasgado, cuelga a cada lado y el camino al cielo está abierto sin obstáculos, el hombre pecador y Dios a través del velo de la carne del sacrificio de nuestro Señor. Nuestro Señor entró en el santuario del cielo, no con la sangre de los toros y de los machos cabríos, sino con su propia sangre, para hacer expiación por nosotros y Dios.

A continuación, el autor de Hebreos describe esa salvación tan eficaz que el Señor nos ha ganado en su entrada al otro lado del velo. Él dice que es eficaz. Es capaz. Es poderosa para siempre. ¡Es algo eterno que el Señor ha hecho! [Hebreos 9:13-15]. Usa dos palabras para describir que la obra de nuestro Salvador es como haber entrado más allá del velo. Habla de su sacrificio que es una vez y para siempre [Hebreos 9:25-28], y le encanta hacer hincapié en esa palabra “una vez,” hapax. ¡La usa siete veces!

En el capítulo 7, versículo 27: ” Porque esto lo hizo una vez hapax para siempre, ofreciéndose a sí mismo”. Mira otra vez en el capítulo 9, versículo 12: “…y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez hapax para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención”. Miremos de nuevo en el versículo 26 del capítulo 9: “Pero ahora, en la consumación de los tiempos, se presentó una vez hapax para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. 27: Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez hapax, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez hapax para llevar los pecados de muchos”.

Miremos en el siguiente capítulo, el capítulo 10 y el versículo 2: ” De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez hapax, no tendrían ya más conciencia de pecado”. Y en el versículo 10 de ese décimo capítulo dice: “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez hapax para siempre”. Es expiación para siempre la que el Señor ha hecho. Una vez, y ¡esa vez es suficiente para siempre!

Hay un gran sacrificio por el pecado, ¡una vez por todas! Y ese sacrificio fue ofrecido por Jesús, nuestro Señor, ¡una sola vez! Todos los demás arquetipos y figuras se cumplieron en Él, un sacrificio todo-suficiente. No solo eso, sino que el autor manifiesta que en la sangre expiatoria de nuestro Salvador, cuando entró en ese Lugar Santísimo, más allá del velo, obtuvo – y aquí hay otra palabra que le encanta usar – obtuvo redención eterna para nosotros.

Ese término “eterna” es una palabra larga, aionian, y él la utiliza aquí tres veces. En el versículo 12, Él obtuvo redención eterna para nosotros. En el versículo 14, se ofreció a Dios a través del aionian, el Espíritu eterno. Y en el versículo 15, que recibiésemos la promesa de la herencia aionian, herencia eterna.

La redención es algo eterno en la mente de Dios. No es una idea de último momento. En épocas pasadas, la redención, la salvación, la liberación estaba en el corazón de Dios.

Toda la creación se dirige hacia la redención. Todas las providencias que conocemos en la vida se mueven hacia la redención. Todas las voces que Dios ha creado tienen en ellas un matiz, un matiz de redención. Está en el corazón del propósito de Dios para el universo. Esa eterna redención estaba en la mente de Dios desde los años antiguos, y llega hasta la época que aún está por venir: Salta al sonido de las siete trompetas [Apocalipsis 8:2-11:19], al derramamiento espantoso de las copas de la ira [Apocalipsis 15:1-16:21], llega hasta la gran consumación de los tiempos. Y en este valle en el que vivimos, entre los dos picos poderosos de la eternidad, el programa de redención de Dios es grabado en nuestros corazones. El Señor está salvando pecadores ahora. Él está redimiendo a los hombres y mujeres de hoy. Es el propósito eterno de Dios para liberar al mundo y salvar a los que encuentran refugio en Jesús.

¿Podremos considerar otra cosa, mientras nuestro Señor entra más allá del velo en el Lugar Santísimo, que lleva la sangre, no la de toros y machos cabríos, sino su propia sangre con el fin de purgar y hacer expiación por nuestros pecados? [Hebreos 9:12].

A continuación, siguiendo con el tabernáculo, el autor lo ilustra comenzando en el versículo 18: El primer pacto del Antiguo Testamento, el primer pacto que Dios hizo con sangre. Cuando Moisés hubo pronunciado las palabras de la ley, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, y roció el libro, el Libro del Pacto, el Antiguo Testamento. Y roció a todo el pueblo, roció sangre en todo el tabernáculo y en todos los vasos; en el altar, la vasija, el candelabro de siete brazos de oro, la mesa del pan, el altar de oro del incienso, el velo, los muebles, todo se purgó con sangre [Hebreos 9:19-21].

“Porque sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados” [Hebreos 9:22]. Luego expresa esto en los versículos 23 y 24, dice que la aspersión de la sangre de la expiación sobre los vasos, los muebles, el pueblo y todos los objetos del tabernáculo es una imagen de nuestro Señor Jesucristo que entra en el santuario celestial, al cielo, con la sangre de la expiación, Su sangre, para purgar los lugares santos en la gloria. Ahora esto es lo más asombroso que he leído en la Biblia. ¿Quiere decir que el autor está expresando que los cielos están contaminados, que el santuario detrás del velo, donde Dios vive, debe ser expiado por la sangre de Cristo?

Eso es lo que dice. Y cuando pienso en ello me sorprendo. Pienso: “Bueno, el autor puede no haber entendido bien”. En el cielo de los cielos, en el santuario de los santuarios donde Dios está, nuestro Cristo tuvo que entrar con la sangre de la expiación.

Incluso los cielos están contaminados. Entonces pienso que es donde ascienden nuestras oraciones. Ahí es donde van nuestras alabanzas. Y nuestras oraciones son imperfectas. Y nuestras alabanzas, aunque podemos tratar de hacerlas dignas, nuestras alabanzas no son perfectas. Y nuestros corazones que ascienden al santuario de Dios en su trono, no son perfectos; son humanos y llenos de imperfección. No podemos orar perfectamente. Ni siquiera sabemos lo que debemos pedir como conviene. El Espíritu tiene que interceder por nosotros con gemidos que no podemos pronunciar. Y nuestra entrada en el santuario celestial… no somos perfectos. ¿Cómo va a permanecer sin mácula el santuario de Dios cuando estamos entrando hombres y  mujeres pecadores en presencia de la santidad de Dios?

Nuestro Señor nos ha precedido. Entró en el santuario primero con la sangre de la expiación y el perdón [Hebreos 9:12]; y Él limpia el lugar santo. Aún cuando estamos allí, nuestro Señor está más allá del velo. Eso es lo que Cristo hizo por nosotros cuando Él entró más allá del velo. ¿Cómo podríamos, hombres y mujeres pecadores, entrar en aquel lugar santo donde Dios habita? Entramos por la sangre de la expiación.

Seguimos las huellas de los pies de nuestro bendito Señor. Él va delante. Prepara el camino. Y a través del velo de su carne, rasgado en dos, y en la gracia y el amor expiatorio, precediendo, nos da la bienvenida también a la familia de Dios, en la presencia del Santísimo. Con Él nos regocijamos y adoramos en una salvación eterna.

Oh Señor, ¡alabamos el nombre de Jesús! Nuestros corazones fluyen hacia Ti en infinita gratitud. Precioso Salvador, de quien hablaban todos los arquetipos, figuras e imágenes del pasado; querido Jesús, gracias a ti por venir a este mundo, muriendo de forma sacrificial y, a través del velo de tu carne desgarrada, abriéndonos el acceso para que nosotros entremos a la misma presencia de Dios.