Movidos Por el Espíritu

Movidos Por el Espíritu

December 6th, 1981 @ 10:50 AM

Jueces 13:25

MOVIDOS POR EL ESPÍRITU Dr. W. A. Criswell Jueces 13:25 12-6-81    10:50 a.m.   El sermón de hoy sobre pneumatología, sobre el Espíritu Santo, se titula Movidos por el Espíritu, la presencia del Espíritu en medio de nosotros. En el capítulo 13 del libro de los...
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MOVIDOS POR EL ESPÍRITU

Dr. W. A. Criswell

Jueces 13:25

12-6-81    10:50 a.m.

 

El sermón de hoy sobre pneumatología, sobre el Espíritu Santo, se titula Movidos por el Espíritu, la presencia del Espíritu en medio de nosotros. En el capítulo 13 del libro de los Jueces y los dos últimos versículos, después de que un ángel se apareció a la esposa de Manoa, la Escritura dice:

 

A su tiempo, la mujer dio a luz un hijo y le puso por nombre Sansón. El niño creció y Jehová lo bendijo. En los campamentos de Dan, entre Zora y Estaol, el espíritu de Jehová comenzó a manifestarse en él.

 [Jueces 13:24-25]

“Y el Espíritu de Jehová”, el Espíritu Santo de Dios “comenzó a manifestarse en él”. Este versículo caracteriza a toda la dispensación, todos los días del pacto del Antiguo Testamento. El Espíritu de Dios descendió, se movió sobre ciertas personas allí o aquí, o en algún lugar. Como el alcance de un rayo, no podían saber dónde, ni cuándo, ni cómo. En diferentes momentos el Espíritu Santo vino sobre Sansón, o Samuel o Saúl, o Isaías, de forma intermitente, en tiempos escogidos en la providencia de Dios.

Joel, en su profecía tremendamente significativa en Joel 2:28-29, profetizó de un día aún más glorioso por venir: “Después de esto derramaré mi espíritu sobre todo ser humano, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. También sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días.” Ahora para nosotros “profetizar” significa predecir, pero prophemi realmente significa glorificar a Dios, “hacer uso de la palabra”, alzar tu voz en alabanza o testimonio del Señor. ”…Vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. También sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días.”

Juan el Bautista, en el tercer capítulo de Mateo, anunció la llegada de esa nueva oikonomia, esa nueva dispensación, ese nuevo día de la era de la gracia. ” Pero el que viene tras mí”, dice,”os bautizará en Espíritu Santo y fuego” [Mateo 3:11]. Entonces el Señor mismo habló de ese derramamiento del Espíritu en los capítulos 14, 15 y 16 de Juan. También habló en el último capítulo del libro de Lucas. Él lo llamó “la promesa del Padre” [Hechos 1:4]. Dijo que si Él se iba, el Espíritu vendría “para que esté con vosotros para siempre” [Juan 14:16].

A continuación, en el día de Pentecostés, en el segundo capítulo del libro de los Hechos, Simón Pedro se pone de pie con los once y los ciento veinte, y dice acerca de este maravilloso derramamiento:

 

En los postreros días —dice Dios—derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas, en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.

 [Hechos 2:17-18]

  Este es el día y la dispensación en los que nuestra vida y circunstancias tienen lugar. Vivimos en la era del derramamiento del Espíritu Santo de Dios. En el segundo capítulo del libro de los Hechos, vemos que esto no le sucedió solamente a Pedro Simón sino a los ciento veinte allí reunidos en el aposento alto. Todos los hombres y mujeres allí presentes fueron llenos del Espíritu de Dios [Hechos 2:1-4].

Luego, en el cuarto capítulo del libro de los Hechos, el Espíritu Santo de Dios se derramó sobre toda la iglesia [Hechos 4:31]. En el capítulo 6 del libro de los Hechos, el Espíritu Santo de Dios se derramó sobre aquellos laicos que fueron apartados y ordenados como diáconos de la iglesia. En el capítulo 8 del libro de los Hechos, lo hizo sobre los samaritanos mestizos [Hechos 8:15-17]. En el capítulo 10, el Espíritu Santo de Dios fue derramado sobre los gentiles en la casa de Cornelio en Cesarea [Hechos 11:15]. En el capítulo 19, el Espíritu Santo de Dios fue derramado sobre aquellos en la ciudad pagana de Éfeso [Hechos 19:6]. El Espíritu de Dios es derramado sobre toda carne. Seguiremos con el significado que tiene para nosotros que vivimos en el día del Espíritu.

En primer lugar se habla del derramamiento del Espíritu de vida en nosotros. Tenemos el mandamiento de ser llenos del Espíritu. Efesios 5:18 tiene una palabra imperativa y presente, es una acción continua: “Sed llenos del Espíritu”. Dios espera esto de nosotros, debemos ser llenos del Espíritu del Señor. Un hombre carnal, mundano, está motivado por un interés egoísta y de la carne, pero un hijo de Dios está motivado por el Espíritu del Señor derramado en su corazón.

En el capítulo 5 del libro de Gálatas, Pablo dice que “el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais” [Gálatas 5:17]. Puede que tengamos esa batalla, esta guerra civil en nuestras vidas. Pero siempre, el hijo de Dios se rinde a la directiva, al poder y a la dirección del Espíritu Santo, haciendo cosas que nunca pensó que era capaz de hacer, enfrentándose a cosas que nunca pensó que podría lograr, diciendo cosas que nunca pensó que podía decir; como una copa vacía, levantada hacia Dios siendo llenada, llenando la vida con el poder del Espíritu Santo.

Y toda la creación tiene el derecho de quejarse de los cristianos que no están llenos del Espíritu. Dios tiene el derecho de quejarse de ellos. Es Su voluntad para con nosotros que seamos movidos por el Espíritu. El predicador tiene derecho a quejarse cuando su congregación no se compone de hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo. La congregación tiene derecho a quejarse de un pastor que no sea un hombre piadoso y lleno del Espíritu Santo. Esta es la voluntad de Cristo para nosotros y tenemos el mandamiento de ser llenos del Espíritu.

Una vez más, nuestra vida de ministerio está dedicada a Dios en ta pneumatikata carismas, los dones de gracia del Espíritu [1 Corintios 12:4]. Son muchos, diversos y multifacéticos. Toda la Iglesia se fortalece y es testigo de un nivel poderoso, cuando cada uno de nosotros dedica su don de gracia, el don del Espíritu, al Señor, y todos somos diferentes.

Uno puede abrir una puerta de forma que glorifique a Dios. Un ujier puede dirigir hacia un asiento a un extraño que abrirá su corazón a Jesús. Hay hombres que pueden predicar, Dios los ha llamado a eso. Hay hombres que son evangelistas, Dios les ha dado el don. Hay hombres que pueden aparcar coches para la gloria de Dios. Hay hombres que saben cocinar y mujeres que saben servir para la gloria de Dios. Están aquellos que saben enseñar, dirigir asambleas, programas de visitación, decorar y mil otras maneras maravillosas con las que Dios nos dota, para que la iglesia sea gloriosa y equipada -con ujieres, cocineros, aparcacoches dedicados y talentosos, así como los ministerios de predicador y evangelista.

“Bueno predicador,” me diréis, “usted ha perdido totalmente su equilibrio. ¿Quiere decir que estos ministerios humildes de cocina, servicio, decoración, aparcamiento y ujier son dones del Espíritu como los de predicador y evangelista?” Lo que no sabéis es que a veces la belleza de la traducción de nuestra Biblia, esconde la palabra irregular y áspera que Dios está tratando de decirnos, y os daré un ejemplo: “En los postreros días… derramaré de mi Espíritu sobre toda carne… vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos”, vuestros mayores, vuestros patriarcas, “soñarán sueños” [Joel 2:28-29]. Estos son los que pensamos que están en las altas esferas de nuestra comunidad religiosa. Pero el profeta no se detuvo allí y no lo vemos, la razón por la que no lo vemos es debido a la belleza de la traducción: “y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas, en aquellos días derramaré de mi Espíritu”. Esto es hermoso. La palabra utilizada es ho doulos, que significa esclavo, y ha doule, que significa esclava, traducido aquí por “mis siervos y mis siervas”.

En la jerarquía, en el sistema de castas de la civilización del Imperio Greco-Romano, el esclavo estaba debajo en la escala social. La iglesia cristiana, al principio, estaba formada en su mayoría por esclavos. “¿Quiere decir que la Biblia indica que sobre aquellos esclavos humildes, aquellos hombres y mujeres que eran una propiedad, que hacían tareas domésticas comunes, que sobre ellos Dios estaba derramando la plenitud de su Espíritu?” Yo no invento el mensaje, yo soy solo un eco, solo leo la Palabra y trato de exponerla al corazón de la gente.

Eso es lo que Dios dice: Derramar su Espíritu sobre Crisóstomo el maravilloso predicador; derramar el Espíritu de Dios sobre un monje, Martín Lutero, que liderara la reforma; derramar el Espíritu de Dios sobre un John Wycliffe, quien comenzó este ministerio de facilitar la Biblia en la lengua del pueblo. Eso es correcto, pero también derrama el Espíritu de Dios plenamente sobre nuestro cocinero, sobre los que limpian los edificios, sobre los que hacen los trabajos y los servicios más humildes para Dios en la casa del Señor. “Sobre toda carne, incluso mis esclavos, hombres y mujeres, derramaré de mi Espíritu”. Todos nosotros tenemos un regalo, todos nosotros. Nuestros dones no son los mismos, y Dios lo hizo de esa manera para que la iglesia fuera hermosa y gloriosa. Hay una forma en la que un hombre o una mujer pueden hacer cualquier cosa, lo que sea, si él o ella están llenos del Espíritu de Dios glorificarán a nuestro Señor.

Leí una historia de dos hombres que caminaban por las calles de la ciudad de Nueva York. Eran desconocidos. Un hombre caminaba hacia un lado, y el otro hacia el otro lado. Cuando se cruzaron, uno dijo: “Hola, ¿cómo está usted?” Lo que es algo extraño en la Ciudad de Nueva York. El otro le respondió: “Dios lo bendiga, señor”. Después de haberse cruzado y haber andado unos pocos metros, el hombre que había hablado primero, corrió hacia el otro hombre, le tocó el brazo, lo detuvo y le dijo: “Señor, ¿conoce usted a Dios?” y el hombre respondió: “Sí”. Entonces dijo: “¿Me puede mostrar el camino hacia Dios? Lo necesito desesperadamente”. Y se sentaron allí en la acera en una calle de Nueva York. Solo con que ese hombre piadoso dijera: “Dios le bendiga, señor,” lo ganó; abrió las puertas del cielo, ganó al otro hombre para el Señor.

¿Cuál ha sido la razón por la que esta historia se quedó en mi corazón? Como sabéis, la Asociación Cristiana de Jóvenes está justo al cruzar la calle delante de la iglesia, y yo voy día por medio a hacer ejercicio. Uno de esos días, un hombre vino a mí, un hombre con el que apenas había hablado. Era un desconocido y comenzó a derramar su corazón y a desahogar su alma conmigo. Mientras hablaba, le pregunté:” ¿Sabe quién soy?” Y me dijo: “No, yo no sé quién es usted. Hay algo en su tono de voz cuando me habla, y algo en su mirada, que sentí que podía compartir mi carga con usted”. Le dije: “Hermano mío, estoy tan agradecido.  Soy el pastor de la iglesia al otro lado de la calle,… oremos juntos”.

Hay una manera de hacer cualquier ministerio humilde y en él, glorificar a Dios. Nuestros dones difieren grandemente. Están en la elección soberana de Dios. Las Escrituras lo dicen, nosotros no los pedimos. Son dados a nosotros en el propósito omnipotente y selectivo del Señor. Tu don puede ser muy humilde, pero a los ojos de Dios, es tan hermoso, necesario y vital para el Reino como cualquier otro don. Podemos sorprendernos de ver quién estará sentado a la mano derecha y a la mano izquierda de Dios algún día. Puede ser un humilde siervo de Jesús, cuyo nombre nunca hayamos oído. Ese es el derramamiento del Espíritu sobre toda carne.

Una vez más, el Espíritu de consuelo: En los capítulos 14,15 y 16 de Juan, nuestro Señor habla de Aquel que ha de venir: “la promesa del Padre” [Lucas 24:49], y Él lo llama ParakletosParakletos: No sé cuántas traducciones se han intentado hacer de esta palabra, parakletos, pero nunca encontramos en nuestro idioma una que esté a la altura. Parakletospara, “al lado” – kaleo, “llamado”, el que es llamado a su lado. En nuestra Biblia, parakletos se traduce, “Consolador.” En algunas traducciones simplemente dicen: Paracleto. Él es nuestro exhortador, Él es nuestro compañero, Él es quien nos anima, Él simpatiza con nosotros, Él es quien nos entiende, Él es nuestro ayudador, Él es nuestro consolador. Tener un amigo así, un compañero de peregrinaje a través de todas las vicisitudes de la vida, es el mejor don que cualquiera jamás pudiera poseer.

Estuve hablando con un padre en la Segunda Guerra Mundial. Su hijo había sido asesinado. No sabía dónde, ni cuándo, ni cómo, solo sabía que había perdido a su hijo en la guerra, en el conflicto. Pero su voz estaba llena de palabras de triunfo y victoria: “Sabemos dónde está nuestro hijo, ¡está en el cielo!” La razón por la que he pensado en esto es porque mañana a las 2:00 de la tarde en el templo tendremos un servicio homenaje para una querida familia de nuestra iglesia. Su maravilloso hijo, que estudiaba en la Universidad de Baylor, murió en un trágico accidente de coche. Pero el padre, hablando conmigo anoche, me dijo: “Pastor, que el servicio de homenaje sea triunfante, que sea victorioso, para nuestro hijo que está en los cielos”. Esta es la fuerza que nos ha sido dada por el paraklete, el Espíritu de consuelo, de la promesa y aliento.

Por último, el Espíritu de la salvación, de la conversión. La Biblia es muy clara, y lo sabemos. Es el Espíritu de Dios quien nos regenera. La Biblia incluso utiliza la frase “nacidos del Espíritu”. Mientras el primer nacimiento nos creó a imagen de Dios, el diseño de nuestra estructura física – Dios nos dio estas manos, nuestros ojos, nuestros pies, nuestro corazón, nuestra mente y nuestra alma – Dios también nos recrea. Nos convertimos en nuevas criaturas por el Espíritu. Somos regenerados por el Espíritu de Dios.

En estos capítulos, especialmente el capítulo 16 del libro de Juan, versículos 13 y 14, el Señor nos enseña que el Espíritu Santo “porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir, Él me glorificará”. El Espíritu nunca llama la atención sobre sí mismo. El Espíritu siempre nos lleva a Jesús. Él nos guía como paidagogos, Él nos guía al Señor Jesús. Y esa maravillosa obra del Espíritu permite que nos confesemos a nuestro Señor y nos haga nuevas criaturas en él. Pablo escribe en 1 Corintios 12:3: “Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios- dice de Jesús-: «¡Sea anatema!», escrito aquí Iēsous Anathema, “maldito Jesús” como tampoco nadie puede exclamar: «¡Jesús es el Señor!», escrito aquí Kurios Iēsous “sino por el Espíritu Santo”. Ningún hombre puede maldecir a Jesús, Anathema Iēsous, por el Espíritu de Dios. Y de igual manera, dice, nadie puede llamar Kurios Iēsous, “Jesús es el Señor”, sino por el Espíritu de Dios.

Cada vez que un hombre está convencido de que puede reformarse a sí mismo, rehacerse a sí mismo y adoptarse a sí mismo en la familia de Dios, es una criatura arrogante, coja y débil. Solo en el poder del Espíritu Santo es que llegamos a conocer a Jesús como nuestro Salvador. Es la obra del Espíritu Santo de Dios la que nos guía por la fe al Señor. Y sin esa guía, nunca veremos la convicción y regeneración del Espíritu Santo. Pero, ¡oh, Dios mío! ¡Qué maravillosamente lo hace Dios cuando abrimos nuestros corazones al testimonio del Espíritu y recibimos a Jesús por todo lo que Él dijo que era y es capaz de hacer.

Cuando Satanás nos acusa, ¡Jesús es Señor y somos perdonados! Cuando estamos confundidos y no sabemos el camino, Jesús es Señor y nos ilumina. Cuando estamos sufriendo cargas y angustias insoportables, Jesús es Señor y tenemos a alguien para llevar nuestros dolores junto con nosotros. Cuando nos enfrentamos a obligaciones, decimos: “Jesús es el Señor” y tenemos fuerza para la misión. Es un nuevo día, es un nuevo camino. Es una nueva creación, cuando el Espíritu Santo nos lleva a nuestro Salvador en toda su gloria y poder. Nadie puede decir: “Jesús es Señor” sino por el Espíritu Santo, y ese don es tan abundante y libremente derramado sobre nosotros, que todo lo que tengo que hacer es abrir las manos y Dios las llena, abrir el corazón y Dios lo llena, abrir mi vida, y no podré soportar las bendiciones que Él derrame sobre mí. Oh Señor, ¡qué maravilloso Dios! ¡Qué maravilloso Salvador!